Deterioro cognitivo no es lo mismo que Alzheimer

Una pareja mayor conversa sonriendo en su cocina mientras toma café

Generada con IA

Hay una escena que se repite: alguien cuenta un par de despistes en la consulta, sale con la palabra «Alzheimer» rondándole la cabeza y ya no escucha nada más. El susto es comprensible. Pero mezcla en un mismo saco cosas que no son iguales, y esa confusión tiene un coste: hace que se deje de buscar aquello sobre lo que sí se puede actuar.

Conviene poner orden. Sin dramatismo y con las palabras en su sitio.

Deterioro cognitivo y demencia: dónde está la línea

En una entrevista en el pódcast La Comunidad del Oído, la logopeda Rosa Albaladejo explicaba la diferencia con un criterio muy práctico: la independencia.

Hablamos de deterioro cognitivo cuando hay funciones que trabajan peor —la atención, la memoria, encontrar la palabra— pero la persona sigue haciendo su vida por su cuenta. Se habla de demencia cuando los síntomas se agravan hasta el punto de necesitar a otra persona para las cosas del día a día: ir al médico, al banco, a la compra.

Son dos momentos distintos, no dos nombres para lo mismo. Y ninguno de los dos se decide con una conversación en el pasillo: hace falta una evaluación completa.

No todas las demencias son iguales

La segunda confusión frecuente es dar por hecho que demencia y Alzheimer son sinónimos. En su explicación, Rosa Albaladejo agrupa las demencias en tres familias:

  • Vasculares. Se producen por un problema circulatorio, como un ictus. Según qué zona quede afectada, se ven afectadas unas funciones u otras.
  • Primarias. Son las que se llaman genéticas, y aquí es donde entra el Alzheimer, la más conocida de todas.
  • Secundarias. Dependen de otra causa: un déficit de vitamina B12, el alcohol, ciertos consumos… y también la pérdida de audición, que Rosa sitúa como el factor de más peso dentro de este grupo, seguido del aislamiento y la depresión.

La distinción importa por una razón muy concreta: las secundarias dependen de algo que puede identificarse y tratarse. Por eso una evaluación completa vale la pena aunque uno llegue asustado. Puede que lo que se encuentre no sea lo que se temía.

«Genético» no significa «condenado»

Sobre las primarias hay otro matiz que tranquiliza a mucha gente. La genética no funciona como un destino escrito.

La imagen que usa Rosa Albaladejo es la de un libro con candado. Nacemos con una estantería de libros donde está escrita la información de nuestro cuerpo, y algunos hablan de enfermedades. Si el libro permanece cerrado, esa información no se expresa. Lo que abre o mantiene cerrado el candado son factores del entorno y de los hábitos —lo que se llama epigenética—, y ahí sí hay margen de decisión.

Que no se malinterprete: esto no significa que nadie pueda garantizar nada, y nosotros tampoco lo hacemos. Significa que entre «tengo predisposición» y «esto ya está decidido» hay bastante trecho.

Dónde entra la audición

La pérdida auditiva aparece en esta conversación por dos vías.

La primera es la literatura general: la Comisión Lancet sobre demencia identifica la pérdida auditiva como el mayor factor de riesgo de demencia sobre el que se puede actuar (Livingston et al., The Lancet, 2020; y actualización de la Comisión, 2024). Es una asociación observada en poblaciones, no una relación de causa y efecto ni un pronóstico individual.

La segunda es lo que se ve en consulta. Cuando la señal llega incompleta, el cerebro se pasa el día completando lo que falta. Ese esfuerzo consume energía que deja de estar disponible para otras funciones, empezando por la memoria. Y si además uno se retira de las conversaciones porque cansan, se pierde justo el estímulo que mantiene el lenguaje en forma.

Qué hacer con todo esto

Nada de esto es un diagnóstico, y este artículo tampoco lo es. Si le preocupan sus despistes o los de alguien de su familia, el orden sensato es este:

  1. Hable con su médico. El diagnóstico corresponde siempre a un profesional médico, con pruebas, no con síntomas sueltos.
  2. Revise la audición. Es una de las pocas piezas del tablero sobre las que se puede actuar hoy, y es fácil de medir.
  3. Mida cómo entiende, no solo cuánto oye. Una evaluación neuroauditiva valora en unos 25 minutos qué funciones concretas están flojeando. Es un cribado que orienta, no un diagnóstico.

Salir de dudas casi siempre sienta mejor que darle vueltas. Y en el peor de los casos, se sale con información y con un plan, que es bastante más de lo que se tenía al entrar.


Contenido informativo. No reemplaza el consejo de un profesional sanitario.