Un audífono no es como unas gafas

Primer plano de una mano colocando un audífono discreto tras la oreja

Generada con IA

Con unas gafas la cuenta parece sencilla: se mide la vista, se gradúa el cristal y se acabó. Mucha gente da por hecho que un audífono funciona igual. Se compra, se programa y a otra cosa. Cuando después no termina de encajar, la conclusión suele ser injusta: «será que no me acostumbro» o «será que estos aparatos no sirven».

Casi nunca es eso. La explicación tiene que ver con dónde ocurre de verdad la audición.

La vista se corrige delante del ojo; la audición, mucho más adentro

Unas gafas actúan justo delante del ojo y ahí acaba su trabajo. La audición, en cambio, no termina en el oído. Desde el oído hasta el cerebro hay un camino con varias paradas, y en cada parada se ajusta el volumen y se afina la frecuencia de lo que llega. Ese ajuste lo hace el propio cerebro, no el aparato.

Y aquí está el detalle importante: ese camino no funciona igual en todas las personas. En una entrevista en el pódcast La Comunidad del Oído, la logopeda Rosa Albaladejo lo resumía así: cinco personas con la misma pérdida de audición pueden necesitar cinco ajustes distintos, aunque el programa del audífono proponga el mismo para todas.

El audífono se programa con pitidos, pero usted vive con voces

La prueba de la que sale la programación es la audiometría tonal: los cascos, los pitidos y la mano levantada. Es una prueba útil y necesaria, pero los pitidos son una señal muy simple. La voz es todo lo contrario: cambia a cada sílaba, mezcla graves y agudos y viaja rodeada de otros sonidos.

Cuando el ajuste se apoya solo en los pitidos, puede seguir faltando parte de la información de la voz. En Centros Clic, el equipo que desarrolló el método NeuRea, lo llaman vacíos auditivos: huecos de voz, no de ruido.

El efecto en el día a día es reconocible. Usted oye que le hablan —incluso sube el volumen de la tele y oye de sobra—, pero le faltan trozos de las palabras. El cerebro rellena esos huecos adivinando, como quien juega al ahorcado con media palabra en el papel. Funciona un rato. Sostenido todo el día, cansa.

De ahí viene una escena que se repite en las consultas: audífonos que acaban en un cajón. Muchas veces no es el aparato el que falla, sino un ajuste que se quedó a medio camino.

Qué se puede hacer distinto

Lo primero es cambiar la pregunta. No basta con «¿oye usted más?». La pregunta útil es «¿entiende usted mejor?», que no es lo mismo.

A partir de ahí, hay tres cosas que sí se pueden hacer:

  • Ajustar con voz, no solo con pitidos. Es lo que la Neuro Adaptación llama trabajar sobre los vacíos auditivos: comprobar qué información de la voz está llegando y afinar en consecuencia.
  • Medir la comprensión, no solo la audición. Con y sin ruido de fondo, con y sin ver la cara de quien habla, que son situaciones distintas para el cerebro.
  • Repetir la medida. Un ajuste no es un acto único: se comprueba sesión a sesión y se corrige con datos, no con sensaciones.

Nada de esto sustituye a su audioprotesista ni a su médico. Al contrario: funciona precisamente porque las propuestas de ajuste llegan a su audioprotesista con los datos delante, y la decisión técnica sigue siendo suya.

Si ya tiene audífonos y no acaban de convencerle

No los dé por perdidos todavía, y no se culpe. Lleve el caso a su centro y pida que se valore cómo entiende usted, no solo cuánto oye. A veces bastan unos ajustes; a veces conviene valorar otra opción; a veces lo que falta es entrenar la comprensión, que también se trabaja.

Y si todavía no ha dado el paso, sepa que empezar pronto suele significar un camino más corto. Nunca es mal momento, pero el tiempo cuenta.

En un ensayo clínico sobre el método NeuRea con 409 pacientes, el 85,2 % de quienes siguieron el programa mejoró su puntuación en la escala MoCA —una prueba estándar de cribado cognitivo— a los seis meses (Albaladejo Bernal R. et al., Medical Research Archives, 2024;12(6), doi:10.18103/mra.v12i6.5477). El seguimiento fue de seis meses y el estudio lo firma el mismo equipo que desarrolló el método: lo contamos entero, con sus límites, en la página de ciencia.


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